HISTORIA
La Dinastía de los Austrias
Entre el todo y la nada
Ricardo
García Cárcel
La primera evidencia que puede
deducirse de aquella dinastía es la impresionante extensión de los territorios
del imperio que llegó a acumular. Con el título de Emperador o sin el –de
hecho, solo Carlos V lo tuvo-, los Austrias tuvieron plena conciencia de la
intimidación que, para los demás reyes europeos, suponía la inmensidad de sus
posesiones territoriales. Recuérdense los 32 títulos que acompañaban la
designación de un rey como Felipe II o Felipe III: 19 de ellos pertenecientes a
la península ibérica, uno al mundo americano designado vagamente como Indias
orientales y occidentales, islas y tierra firme de la Mar Océana, y el resto, a
los demás territorios dispersos: duque de Austria, duque de Borgoña, de
Brabante, de Milán, conde de Habsburgo, de Flandes…
No es de extrañar así que la noción de imperio sobre el que
nunca se ponía el sol, acuñada por Virgilio, fuese aplicada por primera vez a
los Habsburgo en 1535 por la ciudad de Mesina, para conmemorar el regreso
victorioso de Carlos V de la conquista de Túnez.
Las exaltaciones de la amplitud territorial de la monarquía
española no excluyen notables escrúpulos ante el concepto de monarquía universal. ¿Fue un extraño
complejo de mala conciencia lo que generó el subrayado permanente del sentido,
ante todo, conservador y no imperialista de la monarquía (el padre Fernández
Navarrete tituló su obra Conservación de
la monarquía) o realmente los Austrias partieron de unos límites
constitucionales que suponían un ejercicio conscientemente limitado del poder?.
El poder de los reyes, ciertamente, fue limitado, porque no
tuvo mas remedio que asumir las restricciones que el pensamiento escolástico
(dominicos y jesuitas) le planteó´. El padre Mariana legitimó el tiranicidio, y
se valoró siempre un sentido sobrenatural de lo justo por encima de la voluntad
arbitraria del rey.
Por otra parte el poder de los Austrias hubo de asumir los
condicionamientos de la inmensidad y la pluralidad de los territorios que
englobaba: su enorme extensión, difícilmente abarcable, con distancias
insuperables –un correo tardaba en el mejor de los casos quince días en ir de
Bruselas a Granada y entre veinte y ochenta de Madrid a Milán; la noticia de la
matanza de San Bartolomé tardó quince días en conocerse en Madrid, y la
victoria de Lepanto, tres semanas; de Cádiz a México, un barco tardaba unos
noventa días como mínimo en el viaje de ida y vuelta, unos 128 días de media-,
los hacía especialmente difíciles de gobernar por la diversidad de sus
componentes territoriales. Coexistían bajo el dominio del rey territorios
distintos y distantes.
La conciencia del rey ausente flotó siempre entre los
súbditos. Incluso en la Castilla centro de la monarquía. De diciembre de 1580 a
marzo de 1583, Felipe II estuvo en Lisboa. Carlos V convocó seis veces las
Cortes de Cataluña, en su presencia o en la de su hijo; Felipe II, solo dos, en
1564 y 1585; Felipe III, una sola vez, en 1599; Felipe IV, otras dos, en 1625 y
1632; Carlos II, ninguna. El reino de Aragón sólo vio al rey catorce veces
(diez en el siglo XVI, cuatro en el XVII). El reino de Valencia lo contempló en
doce Cortes. Únicamente Carlos V fue un viajero impenitente, que intentó
abordar directamente los problemas con su presencia. Los demás fueron
extremadamente sedentarios. Nunca los reyes estuvieron en Italia ni en las
islas ni, por supuesto, en América: la delegación en los virreyes contribuyó a
radicalizar el extrañamiento debido a la sesgada identidad (casi siempre
castellana) de su procedencia.
Pluralismo o centralismo. El problema de la invertebración de
la monarquía a lo largo y ancho de Europa y América empezaba por la propia
invertebración hispánica, cuyo centro de gravedad se sitúa en Castilla. La
conciencia de las dificultades que planteaba el modelo de monarquía federal
arrastrado desde el matrimonio de los Reyes Católicos estuvo presente a lo
largo del gobierno de la dinastía de los Austrias. Con Carlos V, las tensiones
fueron tolerables, las prevenciones que el sistema generaba son bien expresivas
las recomendaciones que el Emperador transmitió a su hijo: “Os avyso que en el gobierno de Catalunya seáis muy sobre avyso,
porque más presto podríais errar en esta
gobernación que en la de Castilla, assi por ser los fueros y contribuciones
tales, como porque sus pasiones no son menores que las de otros y ósanlas
mostrar más y tienen más disculpas y hay menos maneras de poderlas averiguar y
castigar…”.
Las tensiones entre los sectores partidarios de mantener y
garantizar la monarquía compuesta y plural y los que consideraban que ésta era
ingobernable estuvieron presente a lo largo de los siglos XVI y XVII.
En el reinado de
Felipe II, las presiones del sector centralista se acentuaron y las tentaciones
de este rey de romper el mecanismo de funcionamiento fueron muy grandes, en
situaciones límites como la de 1585 en Cataluña y, sobre todo, la de 1591 en
Aragón. La verdad es que resistió las tentaciones y todo se mantuvo sin
cambiar.
Durante el reinado de
Felipe III, el sistema aún pudo mantenerse gracias al hábil juego dialéctico
llevado a cabo por la monarquía para atraer a las clases dirigentes locales,
pero el periodo de Felipe IV el equilibrio se rompió con la política
uniformizadora de Olivares y la situación se saldó con la ruptura secesionista.
La lengua del imperio. En 1640, Cataluña y Portugal se
separaron de la monarquía: Portugal, definitivamente; Cataluña, sólo
temporalmente. La solución Olivares no prosperó. Los costes de la cirugía
unitarista, independientemente de los fundamentos que la amparasen, fueron
absolutamente contraproducentes. Cataluña retornaría a la monarquía en 1652. De
la experiencia pareció aprenderse: el llamado neoforalismo de Carlos II implica
un reconocimiento al menos de la delicadeza de la articulación
centro-periferia, de la necesidad de renovar viejos pactos, de asumir que el
problema de Cataluña era consustancial al problema de España. Es posible que el
neoforalismo de la monarquía de Carlos II fuese una ficción, pero lo cierto es
que buena parte de la sociedad creyó en la viabilidad histórica. Y por eso
Cataluña apostó después de la muerte de Carlos II por la continuidad,
justamente la opción contraria a la que había tomado en 1640.
Los aglutinantes
principales de la monarquía de los Austrias fueron la idea de misión o destino
providencialista de la monarquía como garante de catolicidad, el sentido de la
representación y la obsesión por la imagen a costa de cualquier precio y, por
último, el prestigio de la cultura castellana, convertida en el eje identitario
por excelencia. Aquel principio que había planteado Nebrija en la dedicatoria
de su Gramática castellana, que hacía
a la lengua “compañera del imperio”, se robusteció a lo largo de los siglos XVI y XVII. La fascinación que
la cultura española del Siglo de Oro ejerció en Europa fue inconmensurable, y
la infinidad de traducciones y ediciones extranjeras de las obras literarias
españolas es el mejor testimonio de ello.
De la expansión a la decadencia. Pero no todo fue de color rosa. La
violencia de los Tercios españoles, al lado de las imágenes épicas, suscita
también no pocas críticas. Hitos como el saco de Roma de 1527 o el de Amberes
de 1576 son, al respecto, relevantes. La realidad económica española refleja,
por otra parte, el patético desaprovechamiento del metal precioso americano.
¿Dónde se invirtieron aquellas 185 toneladas de oro y 16.880 toneladas de plata
arribadas a España desde las indias?
La misma visión de
España en Europa y América es testimonio del fracaso o de la incapacidad
española para construir una buena imagen de la monarquía. La llamada Leyenda Negra se impuso sobre todos los
intentos de elaborar el narcisismo hispánico. Hubo una Leyenda Negra de la expansión
y otra de la decadencia. La primera se hizo fustigando la ambición y el
ejercicio tiránico del poder. El mejor reflejo es la Apología de Guillermo de Orange. La segunda se elaboró ironizando
sobre la capacidad militar española y subrayando las grietas del edificio
político. La representa bien Richard Hakluyt cuando dice: “España es una vasija vacía que al ser golpeada emite un gran ruido a
distancia, pero acérquese y obsérvela: dentro no hay nada”.
Detrás de ambas
leyendas estaba ciertamente la propia autocrítica hispana, que contribuyó
decisivamente a debilitar los fundamentos de la monarquía. La ironía con la que
el propio Cervantes (que se inserta en lo que hemos llamado el primer 98 español) ridiculizó el
catafalco que se hizo en Sevilla a la muerte de Felipe II es reveladora. Su
crítica de la arrogancia huera que se escondía tras el trascendentalismo
mesiánico del rey se hace explícita en el terceto final de su célebre soneto: Y luego, incontinente, / caló el chapeo,
requirió la espada, / miró al soslayo, fuese, y no hubo nada. Entre todo y
la nada: esta fue la oscilación permanente de la monarquía de los Austrias.
Artículo en la revista Muy
Historia nº 46 de 2013. Referente a un capítulo de su libro La herencia del pasado. Ricardo García
Cárcel (Galaxia Gutenberg, 2011).
Ricardo García Cárcel (Requena,
Valencia, 1948), historiador y ensayista, licenciado en Filosofía y Letras con
premio extraordinario de la Universidad de Valencia en 1970 doctorándose en
1973. Catedrático de Historia Moderna por la Universidad de Barcelona.
Académico de la Real Academia de la Historia. Entre sus numerosas publicaciones
y especialmente al periodo de la Edad
Moderna, destacan títulos como Las Germanías
de Valencia (1975), La Leyenda Negra (1992), La Inquisición (1995), Historia de
España Siglos XVI y XVII (1985) y otros también destacables.
Como resumen de este
artículo-capítulo podemos ir destacando, durante esta dinastía de casi
doscientos años, que la extensión territorial que alcanza es impresionante, sus
reyes llegan a ostentar hasta 32 títulos que acompañan a su designación. Un Imperio en el que nunca se pone el sol,
creando el concepto de Monarquía
Universal, aún con condicionamientos debido a la inmensidad y pluralidad de
los territorios que engloba y no sin dificultades de comunicación en las
distancias, fácilmente las noticias tardaban entre dos y tres semanas en Europa
y varios meses con América. Salvo Carlos V que, si fue muy viajero, el resto
fueron excesivamente sedentarios.
Esta Monarquía Federal ya desde los Reyes Católicos
es difícil de vertebrar incluso en la misma Castilla. En 1640 Cataluña y
Portugal se separan, Portugal definitivamente, Cataluña temporalmente al
asumirse que el problema de Cataluña era consustancial al problema de España.
Los aglutinantes principales de la monarquía son la garantía de catolicidad, el
sentido de la representación y la obsesión por una buena imagen a cualquier
costa, con la lengua y la cultura española que fascinaban e influían en toda
Europa, era el Siglo de Oro español.
Hubo puntos oscuros, la violencia de los Tercios Españoles en el saco de Roma
en 1527 o el de Amberes en 1576 son significativos. La llamada Leyenda Negra se impuso a todos los
intentos de conseguir una buena imagen incluso la propia autocrítica.
García Cárcel, como
experto indiscutible en historiografía de esta Época nos ofrece su obra más
ambiciosa, aunque abarcando toda la historia de España nos remitimos al periodo
de los Austrias, de ahí el extracto de este capítulo concreto. El autor nos plantea en principio el
problema ideológico y político-territorial, a continuación, la construcción de
una identidad a través de los relatos, con una voluntad crítica y
desmitificadora. Resalta la pluralidad cultural e ideológica de la época, pero
nos recuerda que hubo dos Españas distintas, la oficial que malgastaba las
riquezas de América y la real que casi moría de hambre.
La monarquía y la
Inquisición como grandes vertebradores y responsables de los problemas del país
se enfrentan a la pluralidad cultural del
Siglo de Oro con una cultura enormemente mediática obsesionada con la
imagen y uno de los motivos de esta preocupación era la Leyenda Negra. Esa imagen negativa que los demás países han tenido
proviene de nuestra propia autocrítica, El poder imperial de los Austrias y su
identificación con la iglesia católica dieron lugar a la propaganda en Europa
de una hispanofobia que duró siglos en la que se mezclaban realidad, ficción y
oscuros intereses.
El secretario de
Felipe II, Antonio Pérez, acusado y detenido por participar en el asesinato de
Escobedo, secretario de Don Juan de Austria, hermano del rey, huyó a Francia y
siendo conocedor de muchos secretos de estado al ser imprescindible para el
rey, vendió esos secretos a Inglaterra y a los rebeldes flamencos con su
cabecilla Guillermo de Orange que publicó su controvertida Apología, 1580, donde rebatía las acusaciones de las que era objeto
por parte de Felipe II. Estos libelos y rumores dieron lugar a varios episodios
de la Leyenda Negra (como la muerte
de Don Carlos a manos de su padre el rey Felipe II). Además de Antonio Pérez y
Guillermo de Orange podemos destacar también a Bartolomé de las Casas con su
célebre Brevísima relación de la destrucción de las Indias, 1552; el inglés
John Foxe con el Libro de los Mártires, 1554; el protestante
español Reginaldo González Montes, exiliado en los países bajos con su Exposición de algunas mañas de la Santa
Inquisición Española, 1567. En todos estos casos se describía al rey Felipe
II como un personaje sombrío, cruel, frio y alejado de sus súbditos, un tirano
en palabras de Antonio Pérez. Estos tópicos ayudaron a difundir escándalos que
fueron utilizados por sus enemigos hasta la extenuación, como la actuación del
Duque de Alba como gobernador de los Países Bajos y la institución como el Tribunal de los Tumultos, 1567 o el ajusticiamiento del Barón de Montigny, 1570, en
Madrid o la acusación de haber puesto precio a la cabeza de Guillermo de Orange
asesinado en 1584 por el fanático Baltasar Gerard.
El trabajo de los hispanistas
(historiador extranjero especializado en la historia de España) de esta época
(Siglos XVI y XVII) ha atraído a un selecto grupo cuya obra aclara episodios de
nuestra historia pese al excelente trabajo de los historiadores españoles. La
observación de fuentes y sucesos desde fuera le dan mayor objetividad. Pioneros
en este terreno son John Elliot, Geoffrey Parker, John Lynch o Hugh Thomas
gracias a los cuales se conoce mejor la España Imperial. Gustav Henningsen vino
a España en los años 60 atraído por los archivos de la Inquisición y fue el
primero en publicar datos fiables sobre procesos, juicios y penas del tribunal
del Santo Oficio y en desmitificar la Inquisición española comparándola con el
resto de los tribunales inquisitoriales europeos de la misma época. Henry
Kamen, investigador del CSIC ha escrito varias obras sobre la Leyenda Negra y el Santo Oficio,
sostiene que los españoles no aprecian bien su pasado ni su riqueza documental
y con sus trabajos pretende paliar esto.
Como mensaje final
de este libro no se trata de recordar sino de saber o no saber, por ejemplo, la
imagen de Felipe II proyectada a la historia fue siempre controvertida
especialmente si la comparamos con sus coetáneos, Guillermo de Orange, Isabel
de Inglaterra o Enrique IV de Francia, todos ellos elevados a la categoría de
héroes.
NOTA PARA EL
PROFESOR.
En relación al
pelotazo urbanístico del Duque de Lerma.
“Con el pretexto de
que el ambiente de Madrid era propenso al pecado, el Duque de Lerma convenció a
Felipe III de la necesidad de trasladar la corte a Valladolid. Desde hacía un
tiempo, el codicioso valido se había dedicado a comprar a bajo precio palacios,
casas y solares en la ciudad castellana.
Los regidores
madrileños intentaron parar la decisión ofreciendo cien mil ducados y un
palacio al duque, las autoridades vallisoletanas también le sobornaron. Tras
coger el dinero de unos y otros, en 1601 se completó la mudanza. El traslado
supuso aumento de la demanda que hizo que se dispararan los precios de la
vivienda en Valladolid, pelotazo que le supuso al duque una fortuna fabulosa. Y
cuando Madrid languideció repitió la operación en sentido inverso comprando las
numerosas casas que habían quedado vacías a precios irrisorios, Apenas cinco años
después del interesado cambio la corte volvía a instalarse en Madrid.”
(José Luis Hernández Garvi, escritor)