miércoles, 13 de noviembre de 2019

HISTORIA


                             La Dinastía de los Austrias
                     Entre el todo y la nada

Ricardo García Cárcel

La primera evidencia que puede deducirse de aquella dinastía es la impresionante extensión de los territorios del imperio que llegó a acumular. Con el título de Emperador o sin el –de hecho, solo Carlos V lo tuvo-, los Austrias tuvieron plena conciencia de la intimidación que, para los demás reyes europeos, suponía la inmensidad de sus posesiones territoriales. Recuérdense los 32 títulos que acompañaban la designación de un rey como Felipe II o Felipe III: 19 de ellos pertenecientes a la península ibérica, uno al mundo americano designado vagamente como Indias orientales y occidentales, islas y tierra firme de la Mar Océana, y el resto, a los demás territorios dispersos: duque de Austria, duque de Borgoña, de Brabante, de Milán, conde de Habsburgo, de Flandes…
No es de extrañar así que la noción de imperio sobre el que nunca se ponía el sol, acuñada por Virgilio, fuese aplicada por primera vez a los Habsburgo en 1535 por la ciudad de Mesina, para conmemorar el regreso victorioso de Carlos V de la conquista de Túnez.
Las exaltaciones de la amplitud territorial de la monarquía española no excluyen notables escrúpulos ante el concepto de monarquía universal. ¿Fue un extraño complejo de mala conciencia lo que generó el subrayado permanente del sentido, ante todo, conservador y no imperialista de la monarquía (el padre Fernández Navarrete tituló su obra Conservación de la monarquía) o realmente los Austrias partieron de unos límites constitucionales que suponían un ejercicio conscientemente limitado del poder?.
El poder de los reyes, ciertamente, fue limitado, porque no tuvo mas remedio que asumir las restricciones que el pensamiento escolástico (dominicos y jesuitas) le planteó´. El padre Mariana legitimó el tiranicidio, y se valoró siempre un sentido sobrenatural de lo justo por encima de la voluntad arbitraria del rey.
Por otra parte el poder de los Austrias hubo de asumir los condicionamientos de la inmensidad y la pluralidad de los territorios que englobaba: su enorme extensión, difícilmente abarcable, con distancias insuperables –un correo tardaba en el mejor de los casos quince días en ir de Bruselas a Granada y entre veinte y ochenta de Madrid a Milán; la noticia de la matanza de San Bartolomé tardó quince días en conocerse en Madrid, y la victoria de Lepanto, tres semanas; de Cádiz a México, un barco tardaba unos noventa días como mínimo en el viaje de ida y vuelta, unos 128 días de media-, los hacía especialmente difíciles de gobernar por la diversidad de sus componentes territoriales. Coexistían bajo el dominio del rey territorios distintos y distantes.
La conciencia del rey ausente flotó siempre entre los súbditos. Incluso en la Castilla centro de la monarquía. De diciembre de 1580 a marzo de 1583, Felipe II estuvo en Lisboa. Carlos V convocó seis veces las Cortes de Cataluña, en su presencia o en la de su hijo; Felipe II, solo dos, en 1564 y 1585; Felipe III, una sola vez, en 1599; Felipe IV, otras dos, en 1625 y 1632; Carlos II, ninguna. El reino de Aragón sólo vio al rey catorce veces (diez en el siglo XVI, cuatro en el XVII). El reino de Valencia lo contempló en doce Cortes. Únicamente Carlos V fue un viajero impenitente, que intentó abordar directamente los problemas con su presencia. Los demás fueron extremadamente sedentarios. Nunca los reyes estuvieron en Italia ni en las islas ni, por supuesto, en América: la delegación en los virreyes contribuyó a radicalizar el extrañamiento debido a la sesgada identidad (casi siempre castellana) de su procedencia.
  Pluralismo o centralismo. El problema de la invertebración de la monarquía a lo largo y ancho de Europa y América empezaba por la propia invertebración hispánica, cuyo centro de gravedad se sitúa en Castilla. La conciencia de las dificultades que planteaba el modelo de monarquía federal arrastrado desde el matrimonio de los Reyes Católicos estuvo presente a lo largo del gobierno de la dinastía de los Austrias. Con Carlos V, las tensiones fueron tolerables, las prevenciones que el sistema generaba son bien expresivas las recomendaciones que el Emperador transmitió a su hijo: “Os avyso que en el gobierno de Catalunya seáis muy sobre avyso, porque más presto  podríais errar en esta gobernación que en la de Castilla, assi por ser los fueros y contribuciones tales, como porque sus pasiones no son menores que las de otros y ósanlas mostrar más y tienen más disculpas y hay menos maneras de poderlas averiguar y castigar…”.
 Las tensiones entre los sectores partidarios de mantener y garantizar la monarquía compuesta y plural y los que consideraban que ésta era ingobernable estuvieron presente a lo largo de los siglos XVI y XVII.
  En el reinado de Felipe II, las presiones del sector centralista se acentuaron y las tentaciones de este rey de romper el mecanismo de funcionamiento fueron muy grandes, en situaciones límites como la de 1585 en Cataluña y, sobre todo, la de 1591 en Aragón. La verdad es que resistió las tentaciones y todo se mantuvo sin cambiar.
  Durante el reinado de Felipe III, el sistema aún pudo mantenerse gracias al hábil juego dialéctico llevado a cabo por la monarquía para atraer a las clases dirigentes locales, pero el periodo de Felipe IV el equilibrio se rompió con la política uniformizadora de Olivares y la situación se saldó con la ruptura secesionista.
  La lengua del imperio. En 1640, Cataluña y Portugal se separaron de la monarquía: Portugal, definitivamente; Cataluña, sólo temporalmente. La solución Olivares no prosperó. Los costes de la cirugía unitarista, independientemente de los fundamentos que la amparasen, fueron absolutamente contraproducentes. Cataluña retornaría a la monarquía en 1652. De la experiencia pareció aprenderse: el llamado neoforalismo de Carlos II implica un reconocimiento al menos de la delicadeza de la articulación centro-periferia, de la necesidad de renovar viejos pactos, de asumir que el problema de Cataluña era consustancial al problema de España. Es posible que el neoforalismo de la monarquía de Carlos II fuese una ficción, pero lo cierto es que buena parte de la sociedad creyó en la viabilidad histórica. Y por eso Cataluña apostó después de la muerte de Carlos II por la continuidad, justamente la opción contraria a la que había tomado en 1640.
  Los aglutinantes principales de la monarquía de los Austrias fueron la idea de misión o destino providencialista de la monarquía como garante de catolicidad, el sentido de la representación y la obsesión por la imagen a costa de cualquier precio y, por último, el prestigio de la cultura castellana, convertida en el eje identitario por excelencia. Aquel principio que había planteado Nebrija en la dedicatoria de su Gramática castellana, que hacía a la lengua “compañera del imperio”, se robusteció a lo largo  de los siglos XVI y XVII. La fascinación que la cultura española del Siglo de Oro ejerció en Europa fue inconmensurable, y la infinidad de traducciones y ediciones extranjeras de las obras literarias españolas es el mejor testimonio de ello.
  De la expansión a la decadencia. Pero no todo fue de color rosa. La violencia de los Tercios españoles, al lado de las imágenes épicas, suscita también no pocas críticas. Hitos como el saco de Roma de 1527 o el de Amberes de 1576 son, al respecto, relevantes. La realidad económica española refleja, por otra parte, el patético desaprovechamiento del metal precioso americano. ¿Dónde se invirtieron aquellas 185 toneladas de oro y 16.880 toneladas de plata arribadas a España desde las indias?
 La misma visión de España en Europa y América es testimonio del fracaso o de la incapacidad española para construir una buena imagen de la monarquía. La llamada Leyenda Negra se impuso sobre todos los intentos de elaborar el narcisismo hispánico. Hubo una Leyenda Negra de la expansión y otra de la decadencia. La primera se hizo fustigando la ambición y el ejercicio tiránico del poder. El mejor reflejo es la Apología de Guillermo de Orange. La segunda se elaboró ironizando sobre la capacidad militar española y subrayando las grietas del edificio político. La representa bien Richard Hakluyt cuando dice: “España es una vasija vacía que al ser golpeada emite un gran ruido a distancia, pero acérquese y obsérvela: dentro no hay nada”.
  Detrás de ambas leyendas estaba ciertamente la propia autocrítica hispana, que contribuyó decisivamente a debilitar los fundamentos de la monarquía. La ironía con la que el propio Cervantes (que se inserta en lo que hemos llamado el primer 98 español) ridiculizó el catafalco que se hizo en Sevilla a la muerte de Felipe II es reveladora. Su crítica de la arrogancia huera que se escondía tras el trascendentalismo mesiánico del rey se hace explícita en el terceto final de su célebre soneto: Y luego, incontinente, / caló el chapeo, requirió la espada, / miró al soslayo, fuese, y no hubo nada. Entre todo y la nada: esta fue la oscilación permanente de la monarquía de los Austrias.


Artículo en la revista Muy Historia nº 46 de 2013. Referente a un capítulo de su libro La herencia del pasado. Ricardo García Cárcel (Galaxia  Gutenberg, 2011).


                          
  Ricardo García Cárcel (Requena, Valencia, 1948), historiador y ensayista, licenciado en Filosofía y Letras con premio extraordinario de la Universidad de Valencia en 1970 doctorándose en 1973. Catedrático de Historia Moderna por la Universidad de Barcelona. Académico de la Real Academia de la Historia. Entre sus numerosas publicaciones y especialmente al periodo de la Edad Moderna, destacan títulos como Las Germanías de Valencia (1975), La Leyenda Negra (1992), La Inquisición (1995), Historia de España Siglos XVI y XVII (1985) y otros también destacables.
   Como resumen de este artículo-capítulo podemos ir destacando, durante esta dinastía de casi doscientos años, que la extensión territorial que alcanza es impresionante, sus reyes llegan a ostentar hasta 32 títulos que acompañan a su designación. Un Imperio en el que nunca se pone el sol, creando el concepto de Monarquía Universal, aún con condicionamientos debido a la inmensidad y pluralidad de los territorios que engloba y no sin dificultades de comunicación en las distancias, fácilmente las noticias tardaban entre dos y tres semanas en Europa y varios meses con América. Salvo Carlos V que, si fue muy viajero, el resto fueron excesivamente sedentarios.
   Esta Monarquía Federal ya desde los Reyes Católicos es difícil de vertebrar incluso en la misma Castilla. En 1640 Cataluña y Portugal se separan, Portugal definitivamente, Cataluña temporalmente al asumirse que el problema de Cataluña era consustancial al problema de España. Los aglutinantes principales de la monarquía son la garantía de catolicidad, el sentido de la representación y la obsesión por una buena imagen a cualquier costa, con la lengua y la cultura española que fascinaban e influían en toda Europa, era el Siglo de Oro español. Hubo puntos oscuros, la violencia de los Tercios Españoles en el saco de Roma en 1527 o el de Amberes en 1576 son significativos. La llamada Leyenda Negra se impuso a todos los intentos de conseguir una buena imagen incluso la propia autocrítica.
    García Cárcel, como experto indiscutible en historiografía de esta Época nos ofrece su obra más ambiciosa, aunque abarcando toda la historia de España nos remitimos al periodo de los Austrias, de ahí el extracto de este capítulo concreto.   El autor nos plantea en principio el problema ideológico y político-territorial, a continuación, la construcción de una identidad a través de los relatos, con una voluntad crítica y desmitificadora. Resalta la pluralidad cultural e ideológica de la época, pero nos recuerda que hubo dos Españas distintas, la oficial que malgastaba las riquezas de América y la real que casi moría de hambre.
   La monarquía y la Inquisición como grandes vertebradores y responsables de los problemas del país se enfrentan a la pluralidad cultural del Siglo de Oro con una cultura enormemente mediática obsesionada con la imagen y uno de los motivos de esta preocupación era la Leyenda Negra. Esa imagen negativa que los demás países han tenido proviene de nuestra propia autocrítica, El poder imperial de los Austrias y su identificación con la iglesia católica dieron lugar a la propaganda en Europa de una hispanofobia que duró siglos en la que se mezclaban realidad, ficción y oscuros intereses.
   El secretario de Felipe II, Antonio Pérez, acusado y detenido por participar en el asesinato de Escobedo, secretario de Don Juan de Austria, hermano del rey, huyó a Francia y siendo conocedor de muchos secretos de estado al ser imprescindible para el rey, vendió esos secretos a Inglaterra y a los rebeldes flamencos con su cabecilla Guillermo de Orange que publicó su controvertida Apología, 1580, donde rebatía las acusaciones de las que era objeto por parte de Felipe II. Estos libelos y rumores dieron lugar a varios episodios de la Leyenda Negra (como la muerte de Don Carlos a manos de su padre el rey Felipe II). Además de Antonio Pérez y Guillermo de Orange podemos destacar también a Bartolomé de las Casas con su célebre Brevísima relación de la destrucción de las Indias, 1552; el inglés John Foxe con el Libro de los Mártires, 1554; el protestante español Reginaldo González Montes, exiliado en los países bajos con su Exposición de algunas mañas de la Santa Inquisición Española, 1567. En todos estos casos se describía al rey Felipe II como un personaje sombrío, cruel, frio y alejado de sus súbditos, un tirano en palabras de Antonio Pérez. Estos tópicos ayudaron a difundir escándalos que fueron utilizados por sus enemigos hasta la extenuación, como la actuación del Duque de Alba como gobernador de los Países Bajos y la institución como el Tribunal de los Tumultos, 1567 o el ajusticiamiento del Barón de Montigny, 1570, en Madrid o la acusación de haber puesto precio a la cabeza de Guillermo de Orange asesinado en 1584 por el fanático Baltasar Gerard.
   El trabajo de los hispanistas (historiador extranjero especializado en la historia de España) de esta época (Siglos XVI y XVII) ha atraído a un selecto grupo cuya obra aclara episodios de nuestra historia pese al excelente trabajo de los historiadores españoles. La observación de fuentes y sucesos desde fuera le dan mayor objetividad. Pioneros en este terreno son John Elliot, Geoffrey Parker, John Lynch o Hugh Thomas gracias a los cuales se conoce mejor la España Imperial. Gustav Henningsen vino a España en los años 60 atraído por los archivos de la Inquisición y fue el primero en publicar datos fiables sobre procesos, juicios y penas del tribunal del Santo Oficio y en desmitificar la Inquisición española comparándola con el resto de los tribunales inquisitoriales europeos de la misma época. Henry Kamen, investigador del CSIC ha escrito varias obras sobre la Leyenda Negra y el Santo Oficio, sostiene que los españoles no aprecian bien su pasado ni su riqueza documental y con sus trabajos pretende paliar esto.
   Como mensaje final de este libro no se trata de recordar sino de saber o no saber, por ejemplo, la imagen de Felipe II proyectada a la historia fue siempre controvertida especialmente si la comparamos con sus coetáneos, Guillermo de Orange, Isabel de Inglaterra o Enrique IV de Francia, todos ellos elevados a la categoría de héroes.

   NOTA PARA EL PROFESOR.
   En relación al pelotazo urbanístico del Duque de Lerma.
   “Con el pretexto de que el ambiente de Madrid era propenso al pecado, el Duque de Lerma convenció a Felipe III de la necesidad de trasladar la corte a Valladolid. Desde hacía un tiempo, el codicioso valido se había dedicado a comprar a bajo precio palacios, casas y solares en la ciudad castellana.
   Los regidores madrileños intentaron parar la decisión ofreciendo cien mil ducados y un palacio al duque, las autoridades vallisoletanas también le sobornaron. Tras coger el dinero de unos y otros, en 1601 se completó la mudanza. El traslado supuso aumento de la demanda que hizo que se dispararan los precios de la vivienda en Valladolid, pelotazo que le supuso al duque una fortuna fabulosa. Y cuando Madrid languideció repitió la operación en sentido inverso comprando las numerosas casas que habían quedado vacías a precios irrisorios, Apenas cinco años después del interesado cambio la corte volvía a instalarse en Madrid.”
(José Luis Hernández Garvi, escritor)

  
  
  





                            

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