Eduardo Galeano
Las Venas abiertas de América Latina (1971)
Historia de
América Latina, desde la colonización hasta la actualidad (1971), pero no con
el hilo conductor de sus acontecimientos históricos y políticos, sino a partir
de sus recursos naturales y materias primas; desde la colonización española
pasando por la inglesa y de otros países europeos hasta la influencia
imperialista de los Estados Unidos desde el Siglo XIX.
Sobrecoge leer
hasta qué punto llegó la explotación de estos bienes y de sus pobladores. Cómo
se constata un genocidio nunca conocido, se calcula que la población indígena
cuando llegó Colón era de aproximadamente unos setenta millones y al término
del Siglo XVI quedó en unos tres, debido a la esclavitud y las enfermedades.
También el mestizaje salvó la situación además de la importación masiva de mano
esclava de negros de África Occidental. Cómo desde el principio la exportación
masiva de oro y plata hasta mitad del Siglo XVII, la corona española esquilmó
tal cantidad que hoy día el setenta por ciento de la plata mundial tiene su
origen en América y la mitad de esta desde un sitio muy concreto, Potosí, la
mayor mina del mundo que durante más de cien años abasteció a la corona
española desembarcándola en Sevilla y distribuyéndose por toda Europa para
amortizar los enormes gastos de las campañas militares europeas. Por cierto, en
España quedó muy poca salvo para algunas decoraciones y elementos para la
liturgia en las iglesias. Con el oro ocurrió algo parecido.
Después de los
metales siguió la explotación de materias primas en siglos posteriores como los
plátanos, café, cacao, caucho, petróleo, azúcar, maderas, minerales,
fertilizantes como el guano y todo tipo de materias primas. Los únicos
beneficiarios de estas exportaciones fueron los países implicados al igual que
las oligarquías de las diferentes regiones.
La Independencia
de América de la corona de España no supuso grandes ventajas para los
habitantes de los nuevos países, simplemente se sustituyó a los propietarios de
las diferentes explotaciones, la corona de Inglaterra tomó el relevo, compró a
las oligarquías y gobernantes poniendo en su lugar a títeres para los que la
población eran simple mano de obra barata y esclava, ni siquiera se formó una
burguesía mínima ni económica ni cultural, solo algunos ricos que vivían
ostentosamente. En esa primera fase, los intereses económicos de los Estados
Unidos suponían solo un cinco por ciento del total extranjero, en la actualidad
sobrepasa el setenta y cinco, las grandes empresas y corporaciones
norteamericanas han seguido en la misma línea, alentando golpes de estado,
genocidios y todo tipo de destrozos naturales, las grandes madereras que
destruyen la Amazonia son norteamericanas. El desarrollo de algunas grandes
naciones y el subdesarrollo de América Latina tienen sus pilares en estas
intervenciones.
En este capítulo que aquí muestro, Galeano
reflexiona sobre la diferencia de desarrollo y riqueza entra Norteamérica y la
América Latina. Las trece colonias del
norte y La importancia de no nacer importante. Las trece colonias es la
denominación de una región correspondiente a Nueva Inglaterra cuando no existían los estados y aún no habían
conseguido la independencia de la corona británica, los estados de la costa
este de Norteamérica donde se produjeron los primeros asentamientos, los estados
del norte desde New Hampshire a Georgia
pasando por Massachusetts, Nueva York,
Virginia, Carolina…, una zona no especialmente rica en recursos naturales
ni materias primas extraordinarias ni tierras especialmente fértiles. Pero los
primeros colonos del Mayflower,
auténticos puritanos, fueron con la intención de asentarse y prosperar como una
continuación de la Europa de la época, trabajar sus tierras e industrializarse,
como dice Galeano no especialmente importante. La diferencia con Sudamérica,
Centroamérica y Caribe es que estas tierras son muy ricas con un clima muy
benigno, amplia zona tropical, tierras ubérrimas, recursos naturales increíbles
como el petróleo, oro, plata, grandes cantidades de metales, maderas, alimentos...
La prueba es que antes del Descubrimiento ya existían imperios organizados
(Inca, Maya, Azteca), con millones de personas, con ciudades muy pobladas al contrario
que en Norteamérica donde las naciones indias eran meras tribus de cazadores
recolectores. A diferencia de los puritanos ingleses colonizadores del Norte,
la zona sur tan rica atrajo siempre a hombres, como dice Galeano, con un sueño,
con aspiraciones de riqueza y volver a aquella España pobre
inconmensurablemente ricos. La explotación de esas tierras y sus pobladores
originales fue la auténtica desgracia para ellos, todo se saqueaba y se
mandaba para Europa, que ciertamente cambiaron la economía y el sistema
económico del viejo continente. Norteamérica se hizo autosuficiente.
Capítulo Página 170
LAS TRECE COLONIAS DEL NORTE Y LA IMPORTANCIA DE NO NACER IMPORTANTE
La apropiación privada de la tierra siempre se anticipó, en América Latina, a su cultivo útil. Los rasgos más retrógrados del sistema de tenencia actualmente vigente no provienen de las crisis, sino que han nacido durante los períodos de mayor prosperidad; a la inversa, los períodos de depresión económica han apaciguado la voracidad de los latifundistas por la conquista de nuevas extensiones. En Brasil, por ejemplo, la decadencia del azúcar y la virtual desaparición del oro y los diamantes hicieron posible, entre 1820 y 1850, una legislación
que aseguraba la propiedad de la tierra a quien la ocupara y la hiciera producir. En 1850, el ascenso del café como nuevo «producto rey» determinó la sanción de la Ley de Tierras, cocinada según el paladar de los políticos y los militares del régimen oligárquico, para negar la propiedad de la tierra a quienes la trabajaban, a medida que se iban abriendo, hacia el sur y hacia el oeste, los gigantescos espacios interiores del país. Esta ley «fue reforzada y ratificada desde entonces por una copiosísima legislación, que establecía la compra como única forma de acceso a la tierra y creaba un sistema notarial de registro que haría casi impracticable que un labrador pudiera legalizar su posesión...»126. La legislación norteamericana de la misma época se propuso el objetivo opuesto, para promover la colonización interna de los Estados Unidos. Crujían las carretas de los pioneros que iban extendiendo la frontera, a costa de las matanzas de los indígenas, hacia las tierras vírgenes del oeste: la Ley Lincoln de 1862, el Homested Act, aseguraba a cada familia la propiedad de lotes de 65 hectáreas. Cada beneficiario se comprometía a cultivar su parcela por un período no menor de cinco años127. El dominio público se colonizó con rapidez asombrosa; la población aumentaba y se propagaba como una enorme mancha de aceite sobre el mapa. La tierra accesible, fértil y casi gratuita, atraía a los campesinos europeos con un imán irresistible: cruzaban el océano y también los Apalaches rumbo a las praderas abiertas. Fueron granjeros libres, así, quienes ocuparon los nuevos territorios del centro y del oeste. Mientras el país crecía en superficie y en población, se creaban fuentes de trabajo agrícola y, al mismo tiempo, se generaba un mercado interno con gran poder adquisitivo, la enorme masa de los granjeros propietarios, para sustentar la pujanza del desarrollo industrial. En cambio, los trabajadores rurales que, desde hace más de un siglo, han movilizado con ímpetu la frontera interior de Brasil, no han sido ni son familias de campesinos libres en busca de un trozo de tierra propia, como observa Ribeiro, sino braceros contratados para servir a los latifundistas que previamente han tomado posesión de los grandes espacios vacíos. Los desiertos interiores nunca fueron accesibles, como no fuera de esta manera, a la población rural. En provecho ajeno, los obreros han ido abriendo el país, a golpes de machete, a través de la selva. La colonización resulta una simple extensión del área latifundista. Entre 1950 y 1960, 65 latifundios brasileños absorbieron la cuarta parte de las nuevas tierras incorporadas a la agricultura128. Estos dos opuestos sistemas de colonización interior muestran una de las diferencias más importantes entre los modelos de desarrollo de los Estados Unidos y de América Latina. ¿Por qué el norte es rico y el sur pobre? El río Bravo señala mucho más que una frontera geográfica. El hondo desequilibrio de nuestros días, que parece confirmar la profecía de Hegel sobre la inevitable guerra entre una y otra América, ¿nació de la expansión imperialista de los Estados Unidos o tiene raíces más antiguas? En realidad, al norte y al sur se habían generado, ya en la matriz colonial, sociedades muy poco parecidas y al servicio de fines que no eran los mismos129 Los peregrinos del Mayflower no atravesaron el mar para conquistar tesoros legendarios ni para explotar la mano de obra indígena escasa en el norte, sino para establecerse con sus familias y reproducir, en el Nuevo Mundo, el sistema de vida y de trabajo que practicaban en Europa. No eran soldados de fortuna, sino pioneros; no venían a conquistar, sino a colonizar: fundaron «colonias de poblamiento». Es cierto que el proceso posterior desarrolló, al sur de la bahía de Delaware, una economía de plantaciones esclavistas semejante a la que surgió en América Latina, pero con la diferencia de que en Estados Unidos el centro de gravedad estuvo desde el principio radicado en las granjas y los talleres de Nueva Inglaterra, de donde saldrían los ejércitos vencedores de la Guerra de Secesión en el siglo XIX. Los colonos de Nueva Inglaterra, núcleo original de la civilización norteamericana, no actuaron nunca como agentes coloniales de la acumulación capitalista europea; desde el principio, vivieron al servicio de su propio desarrollo y del desarrollo de su tierra nueva. Las trece colonias del norte sirvieron de desembocadura al ejército de campesinos y artesanos europeos que el desarrollo metropolitano iba lanzando fuera del mercado de trabajo. Trabajadores libres formaron la base de aquella nueva sociedad de este lado del mar. España y Portugal contaron, en cambio, con una gran abundancia de mano de obra servil en América Latina. A la esclavitud de los indígenas sucedió el trasplante en masa de los esclavos africanos. A lo largo de los siglos, hubo siempre una legión enorme de campesinos desocupados disponibles para ser trasladados a los centros de producción: las zonas florecientes coexistieron siempre con las decadentes, al ritmo de los auges y las caídas de las exportaciones de metales preciosos o azúcar, y las zonas de decadencia surtían de mano de obra a las zonas florecientes. Esta estructura persiste hasta nuestros días, y también en la actualidad implica un bajo nivel de salarios, por la presión que los desocupados ejercen sobre el mercado de trabajo, y frustra el crecimiento del mercado interno de consumo. Pero además, a diferencia de los puritanos del norte, las clases dominantes de la sociedad colonial latinoamericana no se orientaron jamás al desarrollo económico interno. Sus beneficios provenían de fuera; estaban más vinculados al mercado extranjero que a la propia comarca. Terratenientes y mineros y mercaderes habían nacido para cumplir esa función: abastecer a Europa de oro, plata y alimentos. Los caminos trasladaban la carga en un solo sentido: hacia el puerto y los mercados de ultramar. Ésta es también la clave que explica la expansión de los Estados Unidos como unidad nacional y la fracturación de América Latina: nuestros centros de producción no estaban conectados entre sí, sino que formaban un abanico con el vértice muy lejos. Las trece colonias del norte tuvieron, bien pudiera decirse, la dicha de la desgracia. Su experiencia histórica mostró la tremenda importancia de no nacer importante. Porque al norte de América no había oro ni había plata, ni civilizaciones indígenas con densas concentraciones de población ya organizada para el trabajo, ni suelos tropicales de fertilidad fabulosa en la franja costera que los peregrinos ingleses colonizaron. La naturaleza se había mostrado avara, y también la historia: faltaban los metales y la mano de obra esclava para arrancar los metales del vientre de la tierra. Fue una suerte. Por lo demás, desde Maryland hasta Nueva Escocia, pasando por Nueva Inglaterra, las colonias del norte producían, en virtud del clima y por las características de los suelos, exactamente lo mismo que la agricultura británica, es decir, que no ofrecían a la metrópoli, como advierte Bagú130, una producción complementaria. Muy distinta era la situación de las Antillas y de las colonias ibéricas de tierra firme. De las tierras tropicales brotaban el azúcar, el tabaco, el algodón, el añil, la trementina; una pequeña isla del Caribe resultaba más importante para Inglaterra, desde el punto de vista económico, que las trece colonias matrices de los Estados Unidos. Estas circunstancias explican el ascenso y la consolidación de los Estados Unidos, como un sistema económicamente autónomo, que no drenaba hacia fuera la riqueza generada en su seno. Eran muy flojos los lazos que ataban la colonia a la metrópoli; en Barbados o Jamaica, en cambio, sólo se reinvertían los capitales indispensables para reponer los esclavos a medida que se iban gastando. No fueron factores raciales, como se ve, los que decidieron el desarrollo de unos y el subdesarrollo de otros: las islas británicas de las Antillas no tenían nada de españolas ni de portuguesas. La verdad es que la insignificancia económica de las trece colonias permitió la temprana diversificación de sus exportaciones y alumbró el impetuoso desarrollo de las manufacturas. La industrialización norteamericana contó, desde antes de la independencia, con estímulos y protecciones oficiales. Inglaterra se mostraba tolerante, al mismo tiempo que prohibía estrictamente que sus islas antillanas fabricaran siquiera un alfiler

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